Image Alt

STATEMENT

STATEMENT

Hace 4 meses nuestra profesora de ficción nos pidió que escribiésemos un texto para que nos pudiera conocer mejor. En aquel entonces escribí unas palabras que releyéndolas hoy las siento muy cercanas y sinceras. “La gente rara de Barcelona”. Así se titulaba el escrito.

 

“¿Por qué te vas a Barcelona si solo hay gente rara que no conoces?” quizás ésta sea la frase que con más fuerza recuerdo antes de venir aquí. Me lo dijo un amigo, bueno un conocido, mientras estábamos de fiesta, borrachos. Puede parecer inofensivo y sin sentido alguno, pero ahí me quedé, parado en mitad de la discoteca, pensando. Reflexionando ahora sobre eso, quizás tenga mucha razón, y es que mi vida ha cambiado bastante. Hace dos años, vivía en un pueblo costero y bastante pequeño del País Vasco. Mi vida se basaba en ir a bachillerato a estudiar cosas que no me gustaban, y esperar el fin de semana para salir con los amigos de fiesta. Para mí era el paraíso. Sin embargo, dos años más tarde me encuentro en una ciudad de 1 millón de personas, estudiando cine y viviendo en un piso de estudiantes. Quizás el cambio de cultura, idioma, etc. no me haya afectado tanto, en el fondo somos países hermanos. Tampoco lloro porque no veo ni a mi familia ni a mis amigos, son cambios que he encajado bastante bien en mi vida. Y no solo eso, también me han permitido crecer y cambiar la visión y la manera que tenía de comprender el mundo y la gente. Sin embargo, tengo que admitir que la frase que dijo aquel no tan amigo mío, es en gran parte verdad. Y es que dos años más tarde todavía me es imposible llegar a entender Barcelona, sus gentes, sus barrios, todo. Es inconcebible la complejidad de la ciudad más metropolitana de toda Europa. Desde guiris que no hablan castellano, hasta abuelas catalanas de toda la vida que tampoco lo hacen. Dos años más tarde sigo sin poder encajarlo. Y seguramente, este sea el único cambio en mi vida que me está costando asimilar, la complejidad social del lugar en el que vivo. ¿Echo de menos mis amigos, familia? Por supuesto, y mucho a veces. Cuando esto pasa, cojo corriendo un tren que me lleva junto a ellos, para hablar, preguntarles, qué hacen, cómo viven, y cuando veo que todo sigue bien por ahí, vuelvo corriendo. He aprendido a vivir con ello.

A la hora de hablar de cine, de referentes, etc. hay una cosa que antes de nada he de admitir, una confesión no muy agradable, pero a la vez esencial para poder comprender mi visión sobre ello. Antes de venir a ESCAC, no veía cine. Quizás algún día se me absuelva de mi pecado. ¿Y entonces por qué estudiar cine? Porque no quería ser espectador, deseaba crearlo. Adoraba coger mi cámara, llevar a todos mis amigos a casa y rodar, sin parar, miles de cosas, de cualquier tipo, con guion, improvisados, disfrazados, surrealistas, dramas, de todo… Me decía a mí mismo: “bueno si es lo que te gusta hacer, adelante, pero ¡empieza a ver películas!”. Y eso es lo que marcó mi primer curso, empezar a ver películas. Hasta ese momento, veía pelis de taquilla de toda la vida, las que todo el mundo conoce, alguna de Lynch, que me hacía replantearme mi futuro en el cine, pero prácticamente mis visionados eran nulos. Sin embargo, cuando llegué aquí, pedí a mis amigos que me recomendasen películas, “un poco diferentes” dije. Uno de ellos soltó Haneke, inocente de mí por la noche, puse El séptimo continente, la vi entera. Me quede en blanco, no podía llegar a creerlo… las cosas que mostraba, y cómo las mostraba. No pude pensar si me gustó o no, simplemente, pasaban imágenes por mi cabeza, aleatorias, de la película. Al cabo de dos días, me levanté y pensé, “¡menudo peliculón!”. A partir de ahí me vi todas sus películas, luego fui por Ulrich Seidl, Yorgos Lanthimos, Andrey Zvyagintsev, Igmar Bergman, Carlo Padial, etc. Tampoco son autores desconocidos, pero se me abría un mundo que para mí era incomprensible. Estas películas me hacían sentir cosas dentro de mí, no sabría como explicarlo bien, pero estaba ahí y me llevaban por mundos totalmente desconocidos. De repente, el valor que le daba al cine pasó a otra dimensión, aprendí que con el cine realmente se pueden llegar a hacer auténticas obras de arte, se pueden conocer mundos interiores profundos y complejos, y a partir de estas ideas comencé a ver películas y a estructurar mi cosmogonía cinematográfica. Estas pelis no solo cambiaron mi modo de ver y comprender el cine, sino que me enseñaron que con esta herramienta puedo llegar a descubrir sensaciones y emociones que no sabía ni que existían. Todas ellas huían de la artificialidad del cine, cosa esta que odio profundamente, ver actuar a la gente, ver diálogos, ver como muchas películas huyen de la realidad, cuando para mí lo más puro y lo más bonito es contarla, a tu manera, utilizando los recursos del medio, pero estando siempre atado a lo físico, al mundo que nos rodea, lo que muestra, pero sobre todo lo oculta. Y ampliada un poco mi base cinematográfica, ahora simplemente exploro películas que me hagan aprender, que me muestren cosas que desconozco, pero que me hagan sentir emociones intensas en mi interior.

Sin embargo, también existe en mí otra gran fuente de inspiración cinematográfica, se trata, del cine vasco. Este está creciendo ahora, estrenando cada año un par de películas, pero sin embargo, tanto con Loreak como con Handia, ya ha demostrado que existe potencial de sobra. Y no es que me guste por el simple hecho de ser vasco (seguramente algo influirá), es que veo en ellas modos de representación que comparto al cien por cien, su visión sobre el mundo, sobre la gente, sobre la naturaleza, la entiendo, la comprendo en mi interior y la comparto. Son películas que creo que han sabido captar el imaginario colectivo de todo mi pueblo, pero parece ser que han ido más allá y también han capturado a gente de culturas muy diversas. Eso es para mí asombroso. El hecho de haber rodado todas sus películas en una lengua minorizada como el euskera, transciende la simple elección narrativa. Esto es muy importante para mí, porque esconde detrás todo un subtexto histórico y social que está estrechamente ligado a los temas que tratan, y a cómo lo hacen. En esencia, creo que el euskera les ha permitido cambiar el modo de enfocar sus propias películas, y eso las ha convertido en únicas. Hay entre todas ellas, una película que especialmente me ha marcado y que diría que es una de mis favoritas, sí no la favorita. Se trata de Amama. Una película que habla sobre la desaparición de de la vida del caserío en el País Vasco, pero en ningún momento cae en la versión fatalista de la pérdida del contacto con el entorno rural, sino que lo plantea a través de la fuerza intrínseca, metafísica que la naturaleza tiene sobre nosotros, habla de nosotros y de la naturaleza, y de cómo hemos coexistido durante tantos años. Transciende lo físico, y te impacta, los bosques te hablan, los arboles respiran, como si fueran uno más de nosotros, de hecho, la película dice que siempre lo han sido y siempre lo serán. Plantea un dispositivo visual bastante convencional, pero que sin embargo, lo rompe constantemente, incluyendo escenas totalmente experimentales buscando una conexión espiritual/sensitiva con el medio ambiente. Pero igualmente como ese sentimiento de pérdida tan desgarrador se puede sublimar, desplazar en algo también bello. No more spoiler.

 

Entendiendo mis referentes de cine, creo que es más fácil comprender aquello que busco cada vez que presento o muestro algo. Viendo lo que hice el año pasado, se ven ambos mundos, intento buscar siempre una manera visual no convencional de contar aquello que quiero, planteando dispositivos o modos que a veces pueden parecer demasiado extraños, sin embargo, es porque estoy en esa búsqueda interna de encontrar cúal es el mejor modo de representar visualmente eso que quiero contar, y muchas veces también busco imágenes sensitivas que intenten transmitir sensaciones y emociones, estando atadas a la propias imágenes, y olvidando todo tipo de narrativa o trama. Este es el camino que estoy recorriendo, e intento en cada trabajo ir más allá, y buscar algo que hasta ahora no he hecho o contemplado. Y soy consciente de que muchas veces no llego a conectar con la gente, porque les parece demasiado extraño o raro lo que hago, o porque muchas veces no logró explicarme y se genera esa desconexión. Pero siempre lo hago desde la sinceridad y aceptando el riesgo que supone plantear este tipo ideas, y aceptando también todas sus consecuencias. Sin embargo, es verdad que a veces necesito ayuda a la hora de ver cómo mejorar mi planteamiento, y las respuestas que recibo son ideas que no están jugando a lo mismo. Eso, muchas veces me genera frustración y siento que la gente no me entiende. Sin embargo, otras veces, encuentro apoyo y compresión en gente que no me lo esperaba, y eso me reconforta, aunque sea un poco. Quizás es que sea así. Y ya está. O quizás es que no conozco a la gente rara de Barcelona, pero cuando los conozca y nos entendamos y conectemos, volveré a casa y saldré de fiesta y le diré a mi no tan amigo; “Aitor, quizás los raros somos nosotros”.

 

Ekain Albite